martes, 7 de junio de 2016

Del valor de una palabra.

Durante toda mi vida he tenido un miedo incomprensible a olvidar. Nunca  he tenido problemas de memoria, de hecho diría que poseo una buena capacidad para recordar hechos, fechas e imágenes. Desde que tengo conciencia recolecto objetos en cajas, objetos que pertenecieron a un escenario, un escenario que acogió alguna de mis mejores vivencias. Sin embargo, soy incapaz de recordar palabras.
Sé que me han dicho "te quiero", "te odio", "hola", "adiós" y otras diez mil palabras importantes más pero no soy capaz de recordar ni una sola de ellas teñidas de una voz que no sea la mía. He dicho muchas palabras y esas me resultan más fáciles de recordar porque fueron articuladas con el alma, pero no hay palabras ajenas a mí que sea capaz de retener.
Entre los cien mil objetos de mis cajas no hay una sola sílaba pronunciada, ni un acento, ni un punto ni una coma. No he podido componer la sintaxis de mi vida en ninguna de esas cajas y hoy me he despertado como quien se despierta de un sueño confuso, con muchos perdones agolpados en el pecho, con muchas palabras dolorosas y otras muchas más llenas de ternura y del amor más puro. Las tengo aquí, muy dentro, y no he podido darles dueño ni encontrarles una voz.
Y ahora, ¿de qué me sirve tanta palabra huérfana?

viernes, 22 de abril de 2016

Nereo

Hay personas que sólo son capaces de enseñar grandes lecciones desde la locura, quizá porque sólo dentro de ella pueden aprenderse ciertas cosas. Una de las mayores lecciones de mi vida la aprendí de un hombre que no parecía estar cuerdo y sin embargo sabía más de la pérdida que ninguna otra persona que haya conocido jamás.

Este hombre era un vecino del pueblo al que siempre podías encontrar en el mismo lugar. Hace dos años dijo tener doscientos, pero nunca supe si era verdad o mentira pues era imposible adivinar su edad a simple vista y no había indicios que contradijeran esos doscientos años que él se atribuía. Se llamaba Nereo, tenía el pelo absolutamente blanco, las cejas absolutamente blancas, el bigote absolutamente blanco y un gorro absolutamente blanco que protegía su piel de los rayos del sol. Nereo se sentaba todos los días a la orilla del mar y se ponía de rodillas a rezarle a las olas, o eso me parecía a mí. Este último factor era el único que me hacía dudar de sus doscientos años de edad, pues ya a los ochenta resulta difícil agacharse y este señor se arrodillaba y acuclillaba como un niño, pero al fin y al cabo a mí no me incumbe el tiempo de vida de este hombre, ni el dolor de sus rodillas o la ausencia de dicho dolor.
Nereo era conocido por todos en el pueblo pesquero. Era un hombre de sal entre otros tantos y sabía muchísimo de peces, de mareas y de otros muchos temas que en su momento necesitó saber. Al contrario de lo que podría parecer, Nereo tenía un sentido del humor joven y envidiable, una sonrisa amplia y sospechosamente llena de dientes que no dudaba en mostrar cada vez que se presentaba la ocasión. Yo solía hablar con él en esos días en los que uno necesita hablar de cualquier cosa menos de sí mismo. Él amaba hablar de la mar y si he llegado a conocerla ha sido gracias a él. Un día me atreví a preguntarle la cuestión evidente, qué hacía allí siempre, hincado de rodillas mirando al horizonte durante horas.

- Verás, una vez hace años vi un pez que no era como cualquier otro. Apareció un otoño por esta zona, yo ni siquiera estaba de pesca, paseaba por aquí y al mirar dentro del agua lo vi y me recordó a una mujer. No me mires así, sé que una mujer y un pez no tienen nada que ver pero este pez sí tenía mucho de mujer, créeme. Sólo lo vi aquel otoño, pero estoy seguro de que también viene en verano, y seguro que en primavera y en invierno se pasa por aquí también. Ojalá cuando vuelva estés tú aquí y lo veas, a mi pez con forma de mujer.

Nereo me repitió cientos de veces la historia de aquel pez desde aquel día. Me dijo que no se parecía a una sirena, que esas cosas no existen y que gracias a Dios sus doscientos años no le han hecho  perder la cordura y sabe distinguir un pez de una sirena, y una sirena de un pez con forma de mujer. También me dijo que la primera y única vez que lo vio su pelo aún era negro azabache, de hecho bromeaba diciendo que perdió el color al perder al pez. Yo nunca lo creí, pero siempre amé los cuentos, así que le solía hacer más y más preguntas simplemente para oírle hablar.

- Si algún día ves al pez, niña, ven aquí y dímelo, que quizá él también me esté buscando en otra parte. Ya sabes cómo son los peces, tienen mala memoria. Menos mal que yo aún puedo recordar cada detalle de aquel día y de casi cualquier día de mi vida, si no fuera así no sé qué sería de mí. Así que ya sabes, niña, si ves al pez ven y avísame, aunque dudo que lo veas. Es del mismo color que el agua y se confunde, parece no estar y está, si te fijas bien puede verse. Yo lo vi porque soy pescador y sabemos de esas cosas, pero es difícil de ver. De todas formas, niña, si lo ves avisa, le dices que espere un momento y me llamas.

En otra de nuestras largas conversaciones le pregunté a Nereo hasta cuándo estaría esperando a aquel pez y me dijo que lo haría hasta que él quisiera, que si estaba allí era porque se le apetecía, pero que se trataba de algo temporal.

- Aún soy joven, me quedan al menos otros doscientos años, así que puedo permitirme estar aquí, pero algún día me haré mayor y tendré que abandonar mi espera. Uno no puede pasarse la vida esperando, niña, no se puede.

Sin embargo, Nereo seguía estando allí, en el mismo sitio a la misma hora cada día, para quien quisiera encontrarlo. Las conversaciones que tenía con Nereo eran maravillosas, todas y cada una de ellas derrochaban fantasía pero un día me dijo algo que me sonó brutalmente real.

- Cuando las olas vuelven a la mar arrastran consigo los callaos de la orilla. Yo ya he visto a muchos irse con las olas, siempre se despiden de mí en un murmullo mientras chocan unos contra otros y se van. Un día me dirán que me vaya con ellos y quién sabe, quizá me lleven a ver a mi pez.

Por algún motivo quise llorar cuando Nereo me dijo aquello, pero él no se dio cuenta. Ni siquiera sé si se daba cuenta de que yo estaba allí con él oyendo todo lo que decía. Ni siquiera sé si era consciente de todo lo que decía.

Un día fui a ver a Nereo y no estaba. Pregunté por él y nadie supo decirme su paradero. Me senté en su lugar en la orilla, con la esperanza de que apareciera tarde o temprano, de que simplemente se hubiera quedado dormido, de que tuviera una cita demasiado importante y pronto volviera a su puesto en la playa. Estuve allí hasta que la marea empezó a bajar y al oír los callaos chocar justo antes de perderse en las olas supe dónde estaba Nereo.

Aquel día supe que Nereo siempre había sido un niño, un niño que esperaba su sueño sin saber qué hacer y el día que no lo encontré fue porque había crecido. Doscientos años después de su nacimiento, Nereo había madurado y se había marchado en busca de su pez.
Porque uno no puede pasarse la vida esperando.

viernes, 8 de abril de 2016

Alma

Era un día cualquiera de otoño y un joven iba caminando por una calle cualquiera de una ciudad, cuando vio un gran número de personas agrupadas en torno a algo. Prácticamente todos reían con esa clase de risa socarrona, esa que acompaña a casi cualquier burla, y absolutamente todos tenían en la mano sus teléfonos móviles y apuntaban a lo que sea que estuvieran rodeando. Rápidamente dedujo que sacaban vídeos o fotos, y se acercó, dando codazos, para ver qué despertaba tanta expectación.
En el centro de lo que parecía un espectáculo circense había una chica. Su piel era increíblemente pálida, rodeaba sus rodillas con los brazos y su pelo azul zafiro caía sobre su espalda y ese era su único abrigo. La joven estaba completamente desnuda, mostraba su hermosa piel, cada uno de sus pliegues y varias cicatrices, que sólo la hacían más bella. Lo primero que pensó el joven cuando vio a la muchacha fue que se trataba de un ser fantástico, una sirena o un hada, y casi logró olvidarse del jaleo que ocurría a su alrededor. Casi no se dio cuenta de que aquella chica de cuento escondía la cara porque estaba llorando.
El muchacho rompió el espacio que separaba a la chica del grupo de personas y se hundió en el mar de luces, de flashes, que nunca paraban y caían como golpeando a aquella criatura gloriosa. La joven, al sentir la presencia del chico, levantó la vista y el muchacho sintió que podía ahogarse en el azul de sus ojos, que sin duda alguna eclipsaba el azul de su pelo. Unos ojos que irradiaban tristeza, que pedían ayuda desesperadamente.
- Levántate, ven conmigo, todos te miran. No tienes que quedarte aquí- dijo el muchacho.
- No soy cuerpo - contestó ella- Nunca lo he sido. No hay nada de mí en esas fotos, no soy materia. No tengo nada que ver con toda esta carne y hueso. Nací encerrada, por eso lloro. Nací presa y mortal y todos creen que soy todo esto; que soy tangible, visible y siempre me sentí infinita y etérea. No soy cuerpo - continuó entre sollozos- soy alma y nadie lo oye. Nadie lo oye. Ayúdame, hazles entender que soy alma. Llámame Alma.

El muchacho no supo qué decir y dejó a la joven allí llorando, todo lo que dijo le sonó a grito mudo, un grito mudo que le caló muy dentro. Pasaron los años y el joven seguía pensando en Alma, en la chica que no era cuerpo y a la que no podía ayudar. Se preguntaba qué habría sido de ella, si alguien la habría recogido del frío asfalto. Si habrían dejado de hacerle fotos. Si alguien más, a parte de él, la habría escuchado. Si alguien le habría preguntado siquiera el motivo de su llanto. Pero había una pregunta que no había parado de plantearse cada día desde aquel encuentro.
¿Cuántas Almas más habrá presas en el mundo?

domingo, 13 de marzo de 2016

La caja.

Siempre he pensado que este texto merecía una pequeña explicación, porque resulta difícil entender "La caja" en una primera lectura. Yo tengo problemas de ansiedad desde los catorce o quince años, creo. Tengo etapas en las que apenas me acuerdo de ella, otras en las que está terriblemente presente. Escribí "La caja" como un cuadro de mis síntomas en esos momentos que, ahora sí, cualquier persona que haya padecido lo mismo podrá reconocer. Y en realidad creo que este mal todos lo hemos sufrido en mayor o menor medida en algún momento de nuestras vidas.


Durante un tiempo viví en una caja de cristal. Era enorme, y a través de sus paredes entraba tantísima luz que a menudo era difícil conciliar el sueño. Ni siquiera de noche la caja de cristal en la que vivía dejaba de brillar, ni de latir. Sí, lo cierto es que la caja latía como un órgano vivo. Había días en los que aquellos latidos solo se percibían como un pequeño temblor en las paredes. Era molesto, sí, y nunca llegué a acostumbrarme, pero aquellos días eran un regalo en comparación con la mayoría de los días.
Los latidos de la caja se aceleraban y ésta aumentaba muchísimo más su movimiento. Ya no sólo ocurrían temblores, las paredes perdían su forma natural y se abultaban, convirtiendo la caja cuadrada casi en un globo. Como consecuencia, las paredes se agrietaban y el sonido punzante de los cristales quebrarse inundaba todo el espacio y penetraba incluso las paredes de mi propia mente. El aire que entraba entre las grietas era tan denso que muchas veces respirar se hacía difícil.
En realidad, nada era fácil allí, y yo pasaba mis días intentando recordar cómo había llegado a ese lugar maldito que jamás elegí como hogar.

Ya no vivo en la caja de cristal, pero durante un tiempo “viví” en una caja llamada Ansiedad.

domingo, 6 de marzo de 2016

Adair.

Cuando nacemos, tenemos la increíble capacidad de fascinarnos por todo. Cada sonido suena a quinta sinfonía, cada imagen es digna de ser enmarcada, ruedan sobre la piel mil maravillas al tacto y una caricia en la mejilla es la declaración más profunda y bella que jamás ha existido.  Una fascinación que se pierde irremediablemente cuando el privilegio de vivir se vuelve rutina y hacemos de este gran regalo un juguete viejo. Sin embargo, hay una fascinación que parece no perderse nunca, como si fuera innata en el ser humano, y permanece siempre aferrada al niño entusiasta que todos llevamos dentro. Hablo de la fascinación por lo naturaleza y de lo fácil que es sentirse libre entre barrotes de madera si estos tienen copas verdes en lo alto. Nuestro amor por la naturaleza llega a tal punto que a veces sólo él puede explicar algunos de los hechos más inexplicables que jamás han ocurrido, como la historia de Adair.
Cuando Adair nació sus ojos eran grises, como ocurre con todos los niños recién nacidos, pero cuando cumplió su sexto mes de vida sus ojos se volvieron de un color verde intenso, que no sería tan extraño si no fuera por la rapidez con la que ocurrió el cambio, que tuvo lugar durante una sola noche. Básicamente, el niño se durmió con un iris grisáceo y despertó, entre llantos, con la mirada verde que ya por siempre lo caracterizaría. Sus padres jamás encontraron explicación. La gente en el pueblo, al enterarse, empezó a comentar lo ocurrido y entre las muchas historias que inventaron, una cobró tal fuerza que resistió el paso del tiempo de tal forma que algunos la toman como hecho verídico. Al parecer, aquella extraña noche en la que Adair cumplía su sexto mes, la hoja de un roble joven cayó en la cuna del niño, quien permaneció observándola toda la noche, maravillado por su belleza, hasta que el verde de aquella hoja de roble se le metió dentro y tiñó sus ojos de verde. No era una historia más descabellada que cualquier otra historia de pueblo, pero por algún motivo los ojos de Adair se volvieron casi un mito y el niño creció así, como si fuera un ser excepcional. Además, los increíbles ojos de Adair respaldaban casi cualquier leyenda con los que se les relacionase, ya que poseían un brillo y una intensidad que no dejaban a nadie indiferente.
La personalidad del niño también resultaba inquietante. Aunque aprendió a hablar pronto, apenas se relacionaba con los demás niños. Le resultaba extremadamente difícil intimar con nadie, e incluso rehuía el contacto físico. Encontraba la felicidad en actividades cotidianas, aparentemente poco importantes, pero que para él significaban muchísimo. Odiaba hablar de su edad, del colegio, de qué quería ser de mayor o de cuáles eran sus dibujos favoritos. Cuando cumplió los diez años, pocas cosas habían cambiado en Adair, a quien ahora sólo le preocupaba que su pelo castaño fuera lo suficientemente largo como para rozar sus pestañas. Esa era la longitud idónea para él y nadie pudo hacerle cambiar de opinión: ni un centímetro por arriba ni un centímetro por debajo, lo cual tenía a su madre siempre pegada a las tijeras en contra de su voluntad, puesto que el peinado casi ocultaba la belleza mítica de su hijo. Lo cierto era que Adair odiaba aquellos ojos con todas sus fuerzas. El niño había demostrado en numerosas ocasiones ser más inteligente que el resto de los de su edad, y no le hizo falta mucho tiempo para percatarse de que sus ojos podían intimidar a todo aquel que lo mirase de frente y, lo que era aún peor, llamaban la atención de todo el mundo. Y él, sobre todas las cosas, odiaba llamar la atención.
Un día del verano más seco registrado en la historia, Adair salió de casa sin gafas de sol, sin gorra y con el flequillo recién cortado. Lo normal hubiera sido que cada persona que se le cruzara por el camino sintiese el impulso de posar su mirada en la suya, pero por algún extraño motivo eso no ocurrió. Por primera vez en su vida, nadie se fijó en Adair, nadie murmuró a su paso y el niño siguió andando hasta que llegó a los límites del pueblo y se adentró en el bosque. Lo hizo sin titubear, con paso firme, como si conociese exactamente su destino. Del mismo modo, anduvo entre los árboles hasta que finalmente cayó la noche. 
Los padres de Adair buscaron a su hijo desesperados, y a ellos se unieron muchos vecinos que, aunque no conocían bien al muchacho, no podían permanecer ajenos al sufrimiento de aquella pareja. Continuaron andando el pueblo toda la madrugada hasta que no quedó otra alternativa que buscar al niño en el bosque. Casi todo el pueblo estaba en planta cuando llegó el alba y el primer rayo de luz asomó por el Este. En ese mismo instante empezó a llover como hace mucho tiempo no llovía,  el agua pronto dejó la tierra empapada y dejó el bosque con ese olor intenso que sólo puede identificarse con la propia vida.
La madre de Adair cayó entonces al suelo. Rendida, hincó las rodillas frente a un roble joven y empezó a llorar. Tras el primer sollozo, escuchó un búho ulular. Levantó la vista y vio al ave posada en lo más alto del roble, que a su vez la miraba fijamente. Inmediatamente, la mujer dejó de llorar y se sintió profundamente aliviada. No era la primera vez que miraba aquellos ojos.

Todos volvieron a casa desolados, prometiendo reanudar la búsqueda tras unas horas de descanso. Todos salvo la madre de Adair, que recorrió el camino de vuelta casi en trance. Como se pueden imaginar, nunca más se supo nada de aquél niño que nació condenado a convertirse en leyenda y que todos añoraban aunque pocos llegasen a quererlo. Sólo dos personas, sus padres, llegaron a amarlo con devoción, y para ellos no cantaba ningún gallo al amanecer. Para ellos, sólo para ellos, cada mañana ululaba un búho en el bosque.

martes, 2 de febrero de 2016

Vista cansada.

Para ella los colores se habían apagado hace tiempo. No era capaz de recordar la última vez que vio un rojo, un naranja o un amarillo con toda esa energía vibrante que estos colores desprenden. Tampoco percibía los verdes, ni los azules, ni los violetas, pero ella extrañaba inmensamente los colores vibrantes. Le gustaba llamar "vista cansada" a su patología no diagnosticada. A menudo bromeaba con el término y hacía un chiste de aquel tormento, como hacía con casi todos sus dolores.
Desde hacía mucho tiempo, la joven miraba el mundo como se mira una foto vieja, con una fina capa de polvo que deja una imagen desprovista de cualquier brillo. Era difícil, aunque no inviable, vivir en un mundo apagado. A veces era inevitable contagiarse del tedio que percibía  y también se le apagaban las ganas de mirar cualquier cosa. Uno de esos días, decidió cerrar los ojos fuertemente un instante e imaginar la vida usando diez mil paletas.
En la libertad que su mente era capaz de proporcionarle no existían filtros, ni polvo, ni tedio, ni gris; halló dentro de sí una obra impresionista, que era a su vez otras cien obras y en estas cien se hallaban otras mil. Cada pincelada era todo un concepto artístico para la chica de vista cansada.
Cuando descubrió la magia que poseía dentro se volvió completamente adicta. A menudo pasaba horas sentada con los ojos cerrados y una sonrisa plena. Sus amigos y familiares cercanos no eran capaces de entender ese nuevo comportamiento, que poco a poco pasó a ser hábito, un hábito que pasó a ser problema cuando este estado la poseyó varias semanas seguidas.
Durante aquellos días pasaba las mañanas recorriendo paisajes de Monet, almorzaba con los remeros de Renoir, cada atardecer corría por las playas de Sorolla, donde hacía flotar algún barquito y no hubo una sola noche que no pintase su amado Van Gogh. Era sencillo volverse adicta a todo aquel arte, sería sencillo acabar la historia como acaban casi todas las historias de adicciones. Habría sido muy fácil dejarse morir en el lienzo.

Pero ningún corazón debe latir con el simple objetivo de pararse.

La joven logró salir de aquel mundo como quien sale de un sueño profundo: estiró sus brazos, frotó sus ojos y volvió a habituarse al matiz grisáceo. Unos días después, plantó girasoles en la ventana y le pareció atisbar un destello cuando brotó el primer tallo. Frente a la ventana puso un caballete, un lienzo en blanco, cogió un pincel empapado en pintura y dio el primer trazo. Lo hizo cerrando sus ojos fuertemente y así dejó brotar todo el arte que hasta entonces se había guardado.

Del mar.

Lo peligroso del mar es que todo lo convierte en poema, hasta la muerte.
Hipnotizada por su vaivén, encerrada tras mil fronteras, siento celos de su libertad. Cada gota en él un pedazo de ti, de mí o de algo supremo, y me embriaga su poder, su magia, su sabiduría muda.
En la orilla, la brisa me susurra en verso promesas de eternidad.
Porque lo peligroso del mar es que seduce, que hace poesía hasta de la muerte.