A veces las personas desprenden un brillo. Ocurre durante una pequeña fracción de segundo, toda la riqueza que poseen asoma a la superficie y desprenden una luz que aparece y desaparece en un parpadeo. Pasa lo mismo con algunas estrellas, las que llamamos fugaces. ¿Nunca te has preguntado por qué a ellas les pedimos deseos y no a las demás? Creo que en el fondo todos sabemos que es esa clase de brillo y no otro, el brillo efímero, el que posee verdadera magia.
Pocas veces he visto el brillo del que te hablo en una persona, porque todos lo llevamos muy escondido, está aferrado a nuestra esencia. Pero sé que cuando lo ves, cuando estás en el lugar indicado, en el momento indicado y el brillo aparece frente a ti no se olvida. Y por muy poco que dure su presencia, antes de que se desvanezca sabrás que, después de eso, ya no quedan más deseos que pedir.
viernes, 16 de septiembre de 2016
jueves, 1 de septiembre de 2016
Trece
Hace muchos años, nació un pueblo en la orilla del mar. Era un pequeño paraíso impregnado en salitre. Podría haber sido cantado por juglares en plena edad media, descrito por poetas del romanticismo, podría haber sido el paisaje de cualquier cuadro impresionista; sin embargo, este pueblito costero no tenía la condición imperecedera del arte.
En la isla donde se encontraba este pueblo nunca hubo ningún río, el clima y la orografía no lo permitían. Los habitantes del lugar no concebían siquiera la idea de un río. Cuando el suelo se resquebrajó súbitamente, todos en el pueblo corrieron a sus casas, unos gritando, otros llorando, otros rezando plegarias. El pánico duró aproximadamente dos días, los mismos en los que la grieta formada en el suelo se agrandó y profundizó a un ritmo asombroso. Algunos dijeron que era posible ver el centro de la Tierra si te asomabas al vacío que se había formado y agudizabas la vista. Sinceramente, no creo que nadie tuviese el valor de acercarse a desmentir ni confirmar esos rumores, pero eso decía la gente. Al tercer día, un nuevo temblor sacudió el pueblo, avisando de la proximidad de una nueva catástrofe, y un líquido espeso y negro empezó a fluir por la grieta. Nunca se supo de dónde provenía, pero de una forma u otra llegó hasta el pueblo, creando de esta forma un río con olor a muerte.
Al principio, los lugareños consideraron los hechos un castigo divino. Algunos de ellos incluso huyeron del pueblo con la promesa de no volver, y fueron ellos los que propagaron la historia para hacerla llegar hasta nuestros días. Otros se encomendaron a Santos, Santas y Vírgenes, pero no llegaron más temblores después de que el río llegase a su caudal máximo. El negro fluía, muy lentamente debido a la densidad del líquido, y al cabo de unos días el río dejó de inspirar miedo y empezó a despertar curiosidad. Un mes después de su creación, ya había gente que se atrevía a acercarse a lavarse los pies y las manos. Pronto la gente lo tomó por inofensivo y aquellas ideas sobre castigos divinos quedaron obsoletas, los más jóvenes hicieron de él un objeto de diversión: saltaban, nadaban, reían... Algunos comenzaron a preferir el río a la playa, a pesar de lo pegajoso del líquido negro que a veces quedaba en la piel formando parches.
El río pasó de ser odiado a ser amado, un amor con olor a muerte. Un día un niño quiso beber de él, y a este niño le siguieron otros más. El líquido se metió en sus organismos, impregnó sus labios, bocas, estómagos y almas. Los pequeños se quedaron allí, bebiendo como si llevasen días sedientos, bebiendo hasta llevar al límite sus cuerpos. Los padres, lejos de alarmarse, se unieron a ellos y su reacción fue la misma. Como una manada de lobos, primitivos, ansiosos, inhumanos, se arrodillaban a orillas del río negro dejándose poseer por él.
De algún modo, la mar supo lo que estaba pasando y embraveció, las olas rompían contra el fuerte pidiendo ayuda, ella rugía con todas sus fuerzas suplicando un fin para esa barbarie. Los cuerpos de los lugareños fueron cayendo extasiados, uno a uno, al río. Nadie sabe dónde los arrastró la corriente, pero no fue al mar, porque ella seguía suplicando piedad de forma incansable.
Aún cree estar a tiempo de salvarlos. Sigue luchando por ellos, gritando contra el fuerte que los ama, que vuelvan, que no caigan en las trampas de la muerte. Lo hace día tras día hasta que llega el mes de agosto, cuando se rinde a la razón y se marcha. Pero la mar es madre y siempre vuelve. Antes de que acabe el año ya está allí otra vez, entregándose a su causa perdida.
En la isla donde se encontraba este pueblo nunca hubo ningún río, el clima y la orografía no lo permitían. Los habitantes del lugar no concebían siquiera la idea de un río. Cuando el suelo se resquebrajó súbitamente, todos en el pueblo corrieron a sus casas, unos gritando, otros llorando, otros rezando plegarias. El pánico duró aproximadamente dos días, los mismos en los que la grieta formada en el suelo se agrandó y profundizó a un ritmo asombroso. Algunos dijeron que era posible ver el centro de la Tierra si te asomabas al vacío que se había formado y agudizabas la vista. Sinceramente, no creo que nadie tuviese el valor de acercarse a desmentir ni confirmar esos rumores, pero eso decía la gente. Al tercer día, un nuevo temblor sacudió el pueblo, avisando de la proximidad de una nueva catástrofe, y un líquido espeso y negro empezó a fluir por la grieta. Nunca se supo de dónde provenía, pero de una forma u otra llegó hasta el pueblo, creando de esta forma un río con olor a muerte.
Al principio, los lugareños consideraron los hechos un castigo divino. Algunos de ellos incluso huyeron del pueblo con la promesa de no volver, y fueron ellos los que propagaron la historia para hacerla llegar hasta nuestros días. Otros se encomendaron a Santos, Santas y Vírgenes, pero no llegaron más temblores después de que el río llegase a su caudal máximo. El negro fluía, muy lentamente debido a la densidad del líquido, y al cabo de unos días el río dejó de inspirar miedo y empezó a despertar curiosidad. Un mes después de su creación, ya había gente que se atrevía a acercarse a lavarse los pies y las manos. Pronto la gente lo tomó por inofensivo y aquellas ideas sobre castigos divinos quedaron obsoletas, los más jóvenes hicieron de él un objeto de diversión: saltaban, nadaban, reían... Algunos comenzaron a preferir el río a la playa, a pesar de lo pegajoso del líquido negro que a veces quedaba en la piel formando parches.
El río pasó de ser odiado a ser amado, un amor con olor a muerte. Un día un niño quiso beber de él, y a este niño le siguieron otros más. El líquido se metió en sus organismos, impregnó sus labios, bocas, estómagos y almas. Los pequeños se quedaron allí, bebiendo como si llevasen días sedientos, bebiendo hasta llevar al límite sus cuerpos. Los padres, lejos de alarmarse, se unieron a ellos y su reacción fue la misma. Como una manada de lobos, primitivos, ansiosos, inhumanos, se arrodillaban a orillas del río negro dejándose poseer por él.
De algún modo, la mar supo lo que estaba pasando y embraveció, las olas rompían contra el fuerte pidiendo ayuda, ella rugía con todas sus fuerzas suplicando un fin para esa barbarie. Los cuerpos de los lugareños fueron cayendo extasiados, uno a uno, al río. Nadie sabe dónde los arrastró la corriente, pero no fue al mar, porque ella seguía suplicando piedad de forma incansable.
Aún cree estar a tiempo de salvarlos. Sigue luchando por ellos, gritando contra el fuerte que los ama, que vuelvan, que no caigan en las trampas de la muerte. Lo hace día tras día hasta que llega el mes de agosto, cuando se rinde a la razón y se marcha. Pero la mar es madre y siempre vuelve. Antes de que acabe el año ya está allí otra vez, entregándose a su causa perdida.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Ella
A ella se le daba bien nadar, porque sabía fluir. No sé si se trataba de una capacidad aprendida o si la poseía de nacimiento, pero su facilidad para fluir era innegable. Podía pasarse horas danzando en su elemento; se habría perdido en las aguas sin dudarlo un segundo si la biología no hubiera sido tan cruel al no darle branquias. Personalmente, creo que ella sabía algo del mar que los demás desconocemos. Su capacidad, como ya dije antes, no era tanto la de nadar sino la de fluir. Se dejaba llevar siempre por la corriente, el viento o la vida, nunca oponía resistencia y por eso pienso que sabía más que el resto. No temía al devenir, tenía plena confianza en el destino y se limitaba a bailar las horas, sin pensarlas, ni contarlas, ni entenderlas.
Ella siempre supo fluir.
Ella siempre supo fluir.
sábado, 20 de agosto de 2016
El héroe blanco
"No hay nada más hermoso que un lienzo en blanco. Ese lienzo puede ser cualquier cosa, alberga en él muchas vidas. No hay nada más hermoso que un lienzo en blanco; un libro en blanco; una pared blanca... son el origen de cualquier cosa."
La semana pasada había sido su quinto cumpleaños, y el único regalo que su padre pudo darle fueron esas palabras. Era difícil comprenderlas, así que el pequeño había tenido que meditarlas durante días. En primer lugar, no recordaba haber visto nunca nada totalmente en blanco, no conocía la pureza del color del que su padre le hablaba. Todas las paredes con las que él se había topado estaban manchadas de polvo, huellas o sangre. Era difícil adivinar el color original de la paredes que había visto, era imposible imaginarlas en blanco. Tampoco tenía del todo claro qué era un lienzo, pero pudo adivinarlo gracias a otras tantas conversaciones que su padre había tenido con él y con otros hombres. Su padre había sido pintor, eso le había oído decir, usaba pintura y esa cosa llamada lienzo para crear paisajes. El pequeño pensó que había heredado eso de su padre: su conocimiento de los paisajes. En sus cinco años de vida había visto innumerables de ellos, todos muy parecidos, pero al fin y al cabo eran lugares diferentes. Pocas veces permanecían en un mismo paisaje más de unas semanas. Pronto tenían que huir y el pobre niño lloraba en cada partida por no saber pintar en esas cosas llamadas lienzos y, así, poder llevarse un pedazo de algo. Un algo triste, duro, un algo que daría lo que fuera por olvidar pero así al menos no tendría que pasar otra vez por esa sensación de vacío, de abandono... de no pertenecer a nada.
Lo que no podía adivinar de ninguna forma era el significado de la palabra libro, y no conocerlo le perturbaba enormemente. Soñaba con objetos o situaciones que pudieran ser libros, sueños que se interrumpían siempre por un sonido ensordecedor que era capaz de helarle los huesos y prenderle el alma del temor más puro, de prenderle y dejarle el corazón tan desolado como todos los paisajes de sus memorias. De esta manera, acabó asociando la palabra libro al sonido que hacían las bombas al explotar y a todos los demás sonidos que le siguen: a los gritos, a las armas, a los cuerpos cayendo y a los llantos, aunque él ya no lloraba. Entonces comprendió lo que su padre quería decir con que un libro en blanco era hermoso: se refería a todos esos sonidos vacíos de terror, se refería al silencio.
En ese momento, se imaginó todas las paredes que había visto en su vida vacías de huellas y escombros, los rostros que le rodeaban vacíos de miedo, los paisajes que le formaban vacíos de dolor, su vida vacía de violencia. Se imaginó de nuevo con su padre y, por primera vez, vio solo a un niño y a su padre de pie frente a un fondo blanco. Ahora, una semana después de su cumpleaños, el niño entendió que había recibido el mejor regalo del mundo: la posibilidad de borrar todo lo que no le dejase dormir por las noches, lo que no le dejase respirar por el día, lo que le hacía temblar a todas horas. Más que cualquier juguete había recibido un súper poder.
Él no lo sabía a ciencia cierta, pero supuso que una persona de grandes capacidades necesitaba un nombre. Sin embargo, no pudo decidirse, ya que poseía muchos; algunos lo conocían como Aylan; otros como Omran; otros lo conocían como una cifra; o directamente, como un cadáver en Siria, el Líbano, Jordania, Iraq, Turquía o Egipto. Eran demasiadas ideas de sí mismo, así que volvió a la frase de su padre y se nombró "el héroe blanco" sin saber que este supuesto héroe ya existía y hacía tiempo que lo estaban esperando.
La semana pasada había sido su quinto cumpleaños, y el único regalo que su padre pudo darle fueron esas palabras. Era difícil comprenderlas, así que el pequeño había tenido que meditarlas durante días. En primer lugar, no recordaba haber visto nunca nada totalmente en blanco, no conocía la pureza del color del que su padre le hablaba. Todas las paredes con las que él se había topado estaban manchadas de polvo, huellas o sangre. Era difícil adivinar el color original de la paredes que había visto, era imposible imaginarlas en blanco. Tampoco tenía del todo claro qué era un lienzo, pero pudo adivinarlo gracias a otras tantas conversaciones que su padre había tenido con él y con otros hombres. Su padre había sido pintor, eso le había oído decir, usaba pintura y esa cosa llamada lienzo para crear paisajes. El pequeño pensó que había heredado eso de su padre: su conocimiento de los paisajes. En sus cinco años de vida había visto innumerables de ellos, todos muy parecidos, pero al fin y al cabo eran lugares diferentes. Pocas veces permanecían en un mismo paisaje más de unas semanas. Pronto tenían que huir y el pobre niño lloraba en cada partida por no saber pintar en esas cosas llamadas lienzos y, así, poder llevarse un pedazo de algo. Un algo triste, duro, un algo que daría lo que fuera por olvidar pero así al menos no tendría que pasar otra vez por esa sensación de vacío, de abandono... de no pertenecer a nada.
Lo que no podía adivinar de ninguna forma era el significado de la palabra libro, y no conocerlo le perturbaba enormemente. Soñaba con objetos o situaciones que pudieran ser libros, sueños que se interrumpían siempre por un sonido ensordecedor que era capaz de helarle los huesos y prenderle el alma del temor más puro, de prenderle y dejarle el corazón tan desolado como todos los paisajes de sus memorias. De esta manera, acabó asociando la palabra libro al sonido que hacían las bombas al explotar y a todos los demás sonidos que le siguen: a los gritos, a las armas, a los cuerpos cayendo y a los llantos, aunque él ya no lloraba. Entonces comprendió lo que su padre quería decir con que un libro en blanco era hermoso: se refería a todos esos sonidos vacíos de terror, se refería al silencio.
En ese momento, se imaginó todas las paredes que había visto en su vida vacías de huellas y escombros, los rostros que le rodeaban vacíos de miedo, los paisajes que le formaban vacíos de dolor, su vida vacía de violencia. Se imaginó de nuevo con su padre y, por primera vez, vio solo a un niño y a su padre de pie frente a un fondo blanco. Ahora, una semana después de su cumpleaños, el niño entendió que había recibido el mejor regalo del mundo: la posibilidad de borrar todo lo que no le dejase dormir por las noches, lo que no le dejase respirar por el día, lo que le hacía temblar a todas horas. Más que cualquier juguete había recibido un súper poder.
Él no lo sabía a ciencia cierta, pero supuso que una persona de grandes capacidades necesitaba un nombre. Sin embargo, no pudo decidirse, ya que poseía muchos; algunos lo conocían como Aylan; otros como Omran; otros lo conocían como una cifra; o directamente, como un cadáver en Siria, el Líbano, Jordania, Iraq, Turquía o Egipto. Eran demasiadas ideas de sí mismo, así que volvió a la frase de su padre y se nombró "el héroe blanco" sin saber que este supuesto héroe ya existía y hacía tiempo que lo estaban esperando.
martes, 7 de junio de 2016
Del valor de una palabra.
Durante toda mi vida he tenido un miedo incomprensible a olvidar. Nunca he tenido problemas de memoria, de hecho diría que poseo una buena capacidad para recordar hechos, fechas e imágenes. Desde que tengo conciencia recolecto objetos en cajas, objetos que pertenecieron a un escenario, un escenario que acogió alguna de mis mejores vivencias. Sin embargo, soy incapaz de recordar palabras.
Sé que me han dicho "te quiero", "te odio", "hola", "adiós" y otras diez mil palabras importantes más pero no soy capaz de recordar ni una sola de ellas teñidas de una voz que no sea la mía. He dicho muchas palabras y esas me resultan más fáciles de recordar porque fueron articuladas con el alma, pero no hay palabras ajenas a mí que sea capaz de retener.
Entre los cien mil objetos de mis cajas no hay una sola sílaba pronunciada, ni un acento, ni un punto ni una coma. No he podido componer la sintaxis de mi vida en ninguna de esas cajas y hoy me he despertado como quien se despierta de un sueño confuso, con muchos perdones agolpados en el pecho, con muchas palabras dolorosas y otras muchas más llenas de ternura y del amor más puro. Las tengo aquí, muy dentro, y no he podido darles dueño ni encontrarles una voz.
Y ahora, ¿de qué me sirve tanta palabra huérfana?
Sé que me han dicho "te quiero", "te odio", "hola", "adiós" y otras diez mil palabras importantes más pero no soy capaz de recordar ni una sola de ellas teñidas de una voz que no sea la mía. He dicho muchas palabras y esas me resultan más fáciles de recordar porque fueron articuladas con el alma, pero no hay palabras ajenas a mí que sea capaz de retener.
Entre los cien mil objetos de mis cajas no hay una sola sílaba pronunciada, ni un acento, ni un punto ni una coma. No he podido componer la sintaxis de mi vida en ninguna de esas cajas y hoy me he despertado como quien se despierta de un sueño confuso, con muchos perdones agolpados en el pecho, con muchas palabras dolorosas y otras muchas más llenas de ternura y del amor más puro. Las tengo aquí, muy dentro, y no he podido darles dueño ni encontrarles una voz.
Y ahora, ¿de qué me sirve tanta palabra huérfana?
viernes, 22 de abril de 2016
Nereo
Hay personas que sólo son capaces de enseñar grandes lecciones desde la locura, quizá porque sólo dentro de ella pueden aprenderse ciertas cosas. Una de las mayores lecciones de mi vida la aprendí de un hombre que no parecía estar cuerdo y sin embargo sabía más de la pérdida que ninguna otra persona que haya conocido jamás.
Este hombre era un vecino del pueblo al que siempre podías encontrar en el mismo lugar. Hace dos años dijo tener doscientos, pero nunca supe si era verdad o mentira pues era imposible adivinar su edad a simple vista y no había indicios que contradijeran esos doscientos años que él se atribuía. Se llamaba Nereo, tenía el pelo absolutamente blanco, las cejas absolutamente blancas, el bigote absolutamente blanco y un gorro absolutamente blanco que protegía su piel de los rayos del sol. Nereo se sentaba todos los días a la orilla del mar y se ponía de rodillas a rezarle a las olas, o eso me parecía a mí. Este último factor era el único que me hacía dudar de sus doscientos años de edad, pues ya a los ochenta resulta difícil agacharse y este señor se arrodillaba y acuclillaba como un niño, pero al fin y al cabo a mí no me incumbe el tiempo de vida de este hombre, ni el dolor de sus rodillas o la ausencia de dicho dolor.
Nereo era conocido por todos en el pueblo pesquero. Era un hombre de sal entre otros tantos y sabía muchísimo de peces, de mareas y de otros muchos temas que en su momento necesitó saber. Al contrario de lo que podría parecer, Nereo tenía un sentido del humor joven y envidiable, una sonrisa amplia y sospechosamente llena de dientes que no dudaba en mostrar cada vez que se presentaba la ocasión. Yo solía hablar con él en esos días en los que uno necesita hablar de cualquier cosa menos de sí mismo. Él amaba hablar de la mar y si he llegado a conocerla ha sido gracias a él. Un día me atreví a preguntarle la cuestión evidente, qué hacía allí siempre, hincado de rodillas mirando al horizonte durante horas.
- Verás, una vez hace años vi un pez que no era como cualquier otro. Apareció un otoño por esta zona, yo ni siquiera estaba de pesca, paseaba por aquí y al mirar dentro del agua lo vi y me recordó a una mujer. No me mires así, sé que una mujer y un pez no tienen nada que ver pero este pez sí tenía mucho de mujer, créeme. Sólo lo vi aquel otoño, pero estoy seguro de que también viene en verano, y seguro que en primavera y en invierno se pasa por aquí también. Ojalá cuando vuelva estés tú aquí y lo veas, a mi pez con forma de mujer.
Nereo me repitió cientos de veces la historia de aquel pez desde aquel día. Me dijo que no se parecía a una sirena, que esas cosas no existen y que gracias a Dios sus doscientos años no le han hecho perder la cordura y sabe distinguir un pez de una sirena, y una sirena de un pez con forma de mujer. También me dijo que la primera y única vez que lo vio su pelo aún era negro azabache, de hecho bromeaba diciendo que perdió el color al perder al pez. Yo nunca lo creí, pero siempre amé los cuentos, así que le solía hacer más y más preguntas simplemente para oírle hablar.
- Si algún día ves al pez, niña, ven aquí y dímelo, que quizá él también me esté buscando en otra parte. Ya sabes cómo son los peces, tienen mala memoria. Menos mal que yo aún puedo recordar cada detalle de aquel día y de casi cualquier día de mi vida, si no fuera así no sé qué sería de mí. Así que ya sabes, niña, si ves al pez ven y avísame, aunque dudo que lo veas. Es del mismo color que el agua y se confunde, parece no estar y está, si te fijas bien puede verse. Yo lo vi porque soy pescador y sabemos de esas cosas, pero es difícil de ver. De todas formas, niña, si lo ves avisa, le dices que espere un momento y me llamas.
En otra de nuestras largas conversaciones le pregunté a Nereo hasta cuándo estaría esperando a aquel pez y me dijo que lo haría hasta que él quisiera, que si estaba allí era porque se le apetecía, pero que se trataba de algo temporal.
- Aún soy joven, me quedan al menos otros doscientos años, así que puedo permitirme estar aquí, pero algún día me haré mayor y tendré que abandonar mi espera. Uno no puede pasarse la vida esperando, niña, no se puede.
Sin embargo, Nereo seguía estando allí, en el mismo sitio a la misma hora cada día, para quien quisiera encontrarlo. Las conversaciones que tenía con Nereo eran maravillosas, todas y cada una de ellas derrochaban fantasía pero un día me dijo algo que me sonó brutalmente real.
- Cuando las olas vuelven a la mar arrastran consigo los callaos de la orilla. Yo ya he visto a muchos irse con las olas, siempre se despiden de mí en un murmullo mientras chocan unos contra otros y se van. Un día me dirán que me vaya con ellos y quién sabe, quizá me lleven a ver a mi pez.
Por algún motivo quise llorar cuando Nereo me dijo aquello, pero él no se dio cuenta. Ni siquiera sé si se daba cuenta de que yo estaba allí con él oyendo todo lo que decía. Ni siquiera sé si era consciente de todo lo que decía.
Un día fui a ver a Nereo y no estaba. Pregunté por él y nadie supo decirme su paradero. Me senté en su lugar en la orilla, con la esperanza de que apareciera tarde o temprano, de que simplemente se hubiera quedado dormido, de que tuviera una cita demasiado importante y pronto volviera a su puesto en la playa. Estuve allí hasta que la marea empezó a bajar y al oír los callaos chocar justo antes de perderse en las olas supe dónde estaba Nereo.
Aquel día supe que Nereo siempre había sido un niño, un niño que esperaba su sueño sin saber qué hacer y el día que no lo encontré fue porque había crecido. Doscientos años después de su nacimiento, Nereo había madurado y se había marchado en busca de su pez.
Porque uno no puede pasarse la vida esperando.
Este hombre era un vecino del pueblo al que siempre podías encontrar en el mismo lugar. Hace dos años dijo tener doscientos, pero nunca supe si era verdad o mentira pues era imposible adivinar su edad a simple vista y no había indicios que contradijeran esos doscientos años que él se atribuía. Se llamaba Nereo, tenía el pelo absolutamente blanco, las cejas absolutamente blancas, el bigote absolutamente blanco y un gorro absolutamente blanco que protegía su piel de los rayos del sol. Nereo se sentaba todos los días a la orilla del mar y se ponía de rodillas a rezarle a las olas, o eso me parecía a mí. Este último factor era el único que me hacía dudar de sus doscientos años de edad, pues ya a los ochenta resulta difícil agacharse y este señor se arrodillaba y acuclillaba como un niño, pero al fin y al cabo a mí no me incumbe el tiempo de vida de este hombre, ni el dolor de sus rodillas o la ausencia de dicho dolor.
Nereo era conocido por todos en el pueblo pesquero. Era un hombre de sal entre otros tantos y sabía muchísimo de peces, de mareas y de otros muchos temas que en su momento necesitó saber. Al contrario de lo que podría parecer, Nereo tenía un sentido del humor joven y envidiable, una sonrisa amplia y sospechosamente llena de dientes que no dudaba en mostrar cada vez que se presentaba la ocasión. Yo solía hablar con él en esos días en los que uno necesita hablar de cualquier cosa menos de sí mismo. Él amaba hablar de la mar y si he llegado a conocerla ha sido gracias a él. Un día me atreví a preguntarle la cuestión evidente, qué hacía allí siempre, hincado de rodillas mirando al horizonte durante horas.
- Verás, una vez hace años vi un pez que no era como cualquier otro. Apareció un otoño por esta zona, yo ni siquiera estaba de pesca, paseaba por aquí y al mirar dentro del agua lo vi y me recordó a una mujer. No me mires así, sé que una mujer y un pez no tienen nada que ver pero este pez sí tenía mucho de mujer, créeme. Sólo lo vi aquel otoño, pero estoy seguro de que también viene en verano, y seguro que en primavera y en invierno se pasa por aquí también. Ojalá cuando vuelva estés tú aquí y lo veas, a mi pez con forma de mujer.
Nereo me repitió cientos de veces la historia de aquel pez desde aquel día. Me dijo que no se parecía a una sirena, que esas cosas no existen y que gracias a Dios sus doscientos años no le han hecho perder la cordura y sabe distinguir un pez de una sirena, y una sirena de un pez con forma de mujer. También me dijo que la primera y única vez que lo vio su pelo aún era negro azabache, de hecho bromeaba diciendo que perdió el color al perder al pez. Yo nunca lo creí, pero siempre amé los cuentos, así que le solía hacer más y más preguntas simplemente para oírle hablar.
- Si algún día ves al pez, niña, ven aquí y dímelo, que quizá él también me esté buscando en otra parte. Ya sabes cómo son los peces, tienen mala memoria. Menos mal que yo aún puedo recordar cada detalle de aquel día y de casi cualquier día de mi vida, si no fuera así no sé qué sería de mí. Así que ya sabes, niña, si ves al pez ven y avísame, aunque dudo que lo veas. Es del mismo color que el agua y se confunde, parece no estar y está, si te fijas bien puede verse. Yo lo vi porque soy pescador y sabemos de esas cosas, pero es difícil de ver. De todas formas, niña, si lo ves avisa, le dices que espere un momento y me llamas.
En otra de nuestras largas conversaciones le pregunté a Nereo hasta cuándo estaría esperando a aquel pez y me dijo que lo haría hasta que él quisiera, que si estaba allí era porque se le apetecía, pero que se trataba de algo temporal.
- Aún soy joven, me quedan al menos otros doscientos años, así que puedo permitirme estar aquí, pero algún día me haré mayor y tendré que abandonar mi espera. Uno no puede pasarse la vida esperando, niña, no se puede.
Sin embargo, Nereo seguía estando allí, en el mismo sitio a la misma hora cada día, para quien quisiera encontrarlo. Las conversaciones que tenía con Nereo eran maravillosas, todas y cada una de ellas derrochaban fantasía pero un día me dijo algo que me sonó brutalmente real.
- Cuando las olas vuelven a la mar arrastran consigo los callaos de la orilla. Yo ya he visto a muchos irse con las olas, siempre se despiden de mí en un murmullo mientras chocan unos contra otros y se van. Un día me dirán que me vaya con ellos y quién sabe, quizá me lleven a ver a mi pez.
Por algún motivo quise llorar cuando Nereo me dijo aquello, pero él no se dio cuenta. Ni siquiera sé si se daba cuenta de que yo estaba allí con él oyendo todo lo que decía. Ni siquiera sé si era consciente de todo lo que decía.
Un día fui a ver a Nereo y no estaba. Pregunté por él y nadie supo decirme su paradero. Me senté en su lugar en la orilla, con la esperanza de que apareciera tarde o temprano, de que simplemente se hubiera quedado dormido, de que tuviera una cita demasiado importante y pronto volviera a su puesto en la playa. Estuve allí hasta que la marea empezó a bajar y al oír los callaos chocar justo antes de perderse en las olas supe dónde estaba Nereo.
Aquel día supe que Nereo siempre había sido un niño, un niño que esperaba su sueño sin saber qué hacer y el día que no lo encontré fue porque había crecido. Doscientos años después de su nacimiento, Nereo había madurado y se había marchado en busca de su pez.
Porque uno no puede pasarse la vida esperando.
viernes, 8 de abril de 2016
Alma
Era un día cualquiera de otoño y un joven iba caminando por una calle cualquiera de una ciudad, cuando vio un gran número de personas agrupadas en torno a algo. Prácticamente todos reían con esa clase de risa socarrona, esa que acompaña a casi cualquier burla, y absolutamente todos tenían en la mano sus teléfonos móviles y apuntaban a lo que sea que estuvieran rodeando. Rápidamente dedujo que sacaban vídeos o fotos, y se acercó, dando codazos, para ver qué despertaba tanta expectación.
En el centro de lo que parecía un espectáculo circense había una chica. Su piel era increíblemente pálida, rodeaba sus rodillas con los brazos y su pelo azul zafiro caía sobre su espalda y ese era su único abrigo. La joven estaba completamente desnuda, mostraba su hermosa piel, cada uno de sus pliegues y varias cicatrices, que sólo la hacían más bella. Lo primero que pensó el joven cuando vio a la muchacha fue que se trataba de un ser fantástico, una sirena o un hada, y casi logró olvidarse del jaleo que ocurría a su alrededor. Casi no se dio cuenta de que aquella chica de cuento escondía la cara porque estaba llorando.
El muchacho rompió el espacio que separaba a la chica del grupo de personas y se hundió en el mar de luces, de flashes, que nunca paraban y caían como golpeando a aquella criatura gloriosa. La joven, al sentir la presencia del chico, levantó la vista y el muchacho sintió que podía ahogarse en el azul de sus ojos, que sin duda alguna eclipsaba el azul de su pelo. Unos ojos que irradiaban tristeza, que pedían ayuda desesperadamente.
- Levántate, ven conmigo, todos te miran. No tienes que quedarte aquí- dijo el muchacho.
- No soy cuerpo - contestó ella- Nunca lo he sido. No hay nada de mí en esas fotos, no soy materia. No tengo nada que ver con toda esta carne y hueso. Nací encerrada, por eso lloro. Nací presa y mortal y todos creen que soy todo esto; que soy tangible, visible y siempre me sentí infinita y etérea. No soy cuerpo - continuó entre sollozos- soy alma y nadie lo oye. Nadie lo oye. Ayúdame, hazles entender que soy alma. Llámame Alma.
El muchacho no supo qué decir y dejó a la joven allí llorando, todo lo que dijo le sonó a grito mudo, un grito mudo que le caló muy dentro. Pasaron los años y el joven seguía pensando en Alma, en la chica que no era cuerpo y a la que no podía ayudar. Se preguntaba qué habría sido de ella, si alguien la habría recogido del frío asfalto. Si habrían dejado de hacerle fotos. Si alguien más, a parte de él, la habría escuchado. Si alguien le habría preguntado siquiera el motivo de su llanto. Pero había una pregunta que no había parado de plantearse cada día desde aquel encuentro.
¿Cuántas Almas más habrá presas en el mundo?
En el centro de lo que parecía un espectáculo circense había una chica. Su piel era increíblemente pálida, rodeaba sus rodillas con los brazos y su pelo azul zafiro caía sobre su espalda y ese era su único abrigo. La joven estaba completamente desnuda, mostraba su hermosa piel, cada uno de sus pliegues y varias cicatrices, que sólo la hacían más bella. Lo primero que pensó el joven cuando vio a la muchacha fue que se trataba de un ser fantástico, una sirena o un hada, y casi logró olvidarse del jaleo que ocurría a su alrededor. Casi no se dio cuenta de que aquella chica de cuento escondía la cara porque estaba llorando.
El muchacho rompió el espacio que separaba a la chica del grupo de personas y se hundió en el mar de luces, de flashes, que nunca paraban y caían como golpeando a aquella criatura gloriosa. La joven, al sentir la presencia del chico, levantó la vista y el muchacho sintió que podía ahogarse en el azul de sus ojos, que sin duda alguna eclipsaba el azul de su pelo. Unos ojos que irradiaban tristeza, que pedían ayuda desesperadamente.
- Levántate, ven conmigo, todos te miran. No tienes que quedarte aquí- dijo el muchacho.
- No soy cuerpo - contestó ella- Nunca lo he sido. No hay nada de mí en esas fotos, no soy materia. No tengo nada que ver con toda esta carne y hueso. Nací encerrada, por eso lloro. Nací presa y mortal y todos creen que soy todo esto; que soy tangible, visible y siempre me sentí infinita y etérea. No soy cuerpo - continuó entre sollozos- soy alma y nadie lo oye. Nadie lo oye. Ayúdame, hazles entender que soy alma. Llámame Alma.
El muchacho no supo qué decir y dejó a la joven allí llorando, todo lo que dijo le sonó a grito mudo, un grito mudo que le caló muy dentro. Pasaron los años y el joven seguía pensando en Alma, en la chica que no era cuerpo y a la que no podía ayudar. Se preguntaba qué habría sido de ella, si alguien la habría recogido del frío asfalto. Si habrían dejado de hacerle fotos. Si alguien más, a parte de él, la habría escuchado. Si alguien le habría preguntado siquiera el motivo de su llanto. Pero había una pregunta que no había parado de plantearse cada día desde aquel encuentro.
¿Cuántas Almas más habrá presas en el mundo?
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