miércoles, 22 de abril de 2020

diario de una instrospección forzosa (1)


En algún momento de mi vida entendí que “me había desligado de mi propia esencia”. Así, tal cual. Es un pensamiento que durante años retumbó en mi cabeza y sí, suena tan existencialista como pedante. Especialmente si dicha afirmación proviene de una persona de veintipocos años. Cada cierto tiempo el ser humano experimenta un momento de profunda revelación y fue durante uno de ellos cuando me di cuenta de lo ridícula que era esa idea. 

Desligarme de mi esencia.

Mar, qué esencia, si empezaste a votar hace dos días y no tienes el carnet.

Era ridículo, pero sobre todo era injusto, como lo son todas las taras y frustraciones autoimpuestas. “¿Y de dónde te viene eso?” pensé luego. Tras unos minutos frente al televisor apagado, el reflejo de mi silueta borrosa me contestó que, para variar, muy probablemente fuera otra persona frustrada la que proyectase en mí sus cavilaciones existencialistas y yo, niña esponja, las asumí con mucho gusto hasta hacerlas mías. Como el loro que repite cuando su dueño dice que habla.

Llegué entonces a la siguiente fase de este proceso de introspección forzosa a la que la pantalla oscura del televisor me somete cada noche desde hace ya varias semanas. Entonces, Mar, ¿qué esencia es la que no has perdido? Porque si descartas la idea de haberte desligado de ella, eso implica seguir ligada a algo. ¿A qué? Supongo que a un montón de complejidades imposibles de abarcar. ¿Pueden ellas hacerlo conmigo? ¿Pueden esas complejidades alcanzarme? ¿Definirme? ¿Es ese el verdadero propósito de “la esencia”? Si así fuera y el  tiempo me alterase, la alterase, ¿sería la esencia una definición estática o dinámica? ¿Pero la idea de esencia conlleva realmente una definición, o esto solo es fruto de mi occidentalizada y platónica perspectiva? Y, lo que es más importante, ¿por qué habla tanto una televisión apagada?

Sea como sea, ella no contesta. Evidentemente, yo tampoco. “No son horas”, diría mi madre. Y, sin embargo, ellas, las horas, siguen paseándose por mi casa inalterables. A veces, las envidio y quizá por eso me niego a rendirme a Morfeo y sigo aquí librándoles batalla.

En ese momento prefiero seguir el proceso en mi habitación y contemplar, esta vez, el mapamundi que tengo colgado sobre la cama. Le da un toque muy Tumblr a la habitación y me gusta marcar los lugares donde he estado.

“Tú hablas menos”, pensé. “Aunque te mueves más.”

Me di cuenta, entonces, de que se ha caído de ahí unas tres veces en el último mes. La famosa caja tonta con la que hablaba hace unos minutos lleva exactamente el mismo tiempo gritándome el mismo mensaje. Que el mundo se cae, se cae, y se vuelve a caer.

Y aquí sigo. Soportando mis silencios, debatiéndome, debatiéndonos. Esperando que cedan todos esos territorios con sus océanos, fronteras y capitales para volverlos a colgar en mi pared. Me divierte pensar que un hecho tan simple pudiese contestar todas las elucubraciones arrojadas por mi televisor.

Sí, aquí seguimos. Dialogantes, insomnes, voraces, inevitables pensantes.

Y supongo que por ello luchamos.

Por el mapa, por las noticias, por las preguntas sin respuesta que vienen siempre tras el ocaso.

Pero, sobre todo, por nuestra frágil, inquieta e infalible humanidad.

lunes, 30 de diciembre de 2019

A mi madre

"Me faltan manos"

No, mamá, te faltan alas. Y una estatua en la Plaza Mayor.

Y no soy creyente, ni patriota, pero le han pintado cuadros, escrito canciones y puesto altares a gente que merece menos que tú. Así que todo eso te pertenece como derecho inalienable.

No te faltan manos, te falta la vida que te quitaste y que invertiste en un proyecto sin fondos, ni "planning", ni perspectivas. Siendo el amor tu único aval y mujer en tiempo de hombres. Como lo hemos sido todas, hasta la fecha.

Porque tú, antes de ser mi madre, fuiste mujer en el mundo. Que, a veces, parece que se nos olvida, y yo cuando llegué a tu vida ya tú estabas hecha de batallas, alegrías, dolores e ilusiones. Ya eras alguien que no me necesitaba, porque sólo te necesitas a ti misma. Te bastas y te sobras, aunque nunca lo creyeras.

Pero aún así, mamá, decidiste que a ti algún día te faltarían manos. Y tiempo, y sueño, y noches, y vida propia.

Ahora yo también soy una mujer, en tiempo de hombres, con batallas, alegrías, dolores e ilusiones que se está creando un hueco en el mundo con todas las herramientas que tú le has dado. Te debo cada uno de mis pasos y voy a dedicarte cada una de mis huellas.

Porque un día, mamá, no te vi madre. Te vi a ti. Dejaste de ser ese ángel divino que esta sociedad te obligó a ser y te vi humana. Con tu historia, tus errores, tus miedos y todos los días grises que te guardaste sola.

Y te quise aún más.
Te admiré aún más.
Te entendí y entendí más cosas.
Por ejemplo, que sí existen las almas gemelas.
Y tú siempre serás el poema que lleve bajo mi piel.

Ojalá nunca me falten tus manos y yo pierda las mías por ti.

viernes, 4 de octubre de 2019

la atalaya

El valor de un momento lo determina el paso del tiempo.
Y me pregunto si este lugar, este instante que me define, cobrará importancia o la perderá dentro de unos años. O de unos meses.
Si mutará en sonrisa mi recuerdo.

Desde aquí veo todo mi verano, toda la historia desde la playa en la capital hasta la autovía.
Desde el este al oeste.
Qué ironía que todos nuestros episodios se rodaran en un set tan diminuto.
Que desde esta atalaya se vea toda nuestra trama.

Es pequeña mi isla.

Se me ocurre marcar la localización de cada uno de mis "flashbacks" recurrentes con puntos de luz, y confundirlos con el brillo de las farolas
o el de esos pocos coches que pasan silenciosos en esta madrugada de jueves.
Aquí dijiste eso; allí pensé aquello; aquí me callé lo otro.

Mientras trazo el mapa de los tesoros perdidos pasa otro coche.

Luego otro.

Han vuelto tres desde Las Palmas en la última media hora. Sólo uno se ha ido dirección a la capital.

Cuando los veo pasar, desde lejos, me doy cuenta de que es mucho más complicado distinguir las luces rojas de un vehículo que se marcha que las luces blancas de uno que llega.
De que llegan muchos más de los que se van.


Siempre es más difícil distinguir que algo se aleja.

Y así, en el lienzo que mi vista ha hecho de la isla esta noche, ya no solo me caben tus saludos y todos tus descubrimientos, tus luces blancas y mis deslumbramientos;
me cabe también el silencio de una despedida
que para mí nunca llegó.

Ahora, en el momento que vivo,
tengo un nuevo comienzo recostado sobre el muslo, dormitando en un mundo que aún no ansío. Y me pregunto si algún día ese instante que nos define será algo más que otro mapa mudo y huérfano de aliento.

viernes, 5 de abril de 2019

.

Eres lluvia de carbón sobre esta herida.
Porque a mí me han roto una vez.

Si no cayeras esta noche,
caería yo sobre mí
con todos los consejos que finjo.

Con mis  fuegos no extintos
y motivos de papel.

Eres lluvia de carbón sobre esta huida.
Porque a mí me han roto una vez.

Si no dolieras esta noche,
dolería, de nuevo,
mi discurso insensato.

Sobre olvidos y ausencias
por lo que no pude retener.

Eres lluvia de carbón sobre esta ida.
Porque a mí me han roto una vez.

Y el resto es solo metralla de un adiós a destiempo.

martes, 11 de diciembre de 2018

El parásito


Este desastre es más tuyo que mío, por eso me gobierna como un parásito.
Me gobierna un parásito que vive con vicio de mí.

Que dice:

Imagina que.
Me duele que.
Me encuentro que.
Me pierdo qué.

Qué por qué es menos.

Menos de un yo sin ti y de que entiendas.

Menos por menos son más "qués".

Entonces,

si el parásito se sabe dueño y gobernante viene y me hiere.

Navega en la corriente del pensamiento.
En esta consciencia de la cual me desligo y que es esto que acabo de decir.

Navega luego en otras, en corrientes más superfluas, y se queda estancado en un fa sostenido en sístole, colapsando un mi en diástole.

Un mi a mí, sin voz.

Mudo como aquel que te dice que no temas y lleva el miedo atado a la laringe.

A la, a mi, a fa, a si.

"Y si..."

Imaginaquemeduelequemeencuentroquemepierdoqué

Siempre pierdo.

Tu parásito no sabe mentir.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Un rostro

Hay un rostro en mi cama que me llora como un hijo llora una madre tras haberla perdido. Como supongo que me llora la muerte cada día que pasa sin mí. Me gustaría decir que la lloro de vuelta, para no parecer un ser insensible. Pero lo cierto es que solo la lloro los días que la necesito.

"Ese rostro en tu cama, cariño, no eres tú aunque se parece."

Dice ella en esos días en que no me aguanto ni yo y quiero invitarla a tomarse un café con sabor a sal en el fondo de mí.

Entonces, el rostro sonríe porque adora el mar sin haberlo visto. Los ignorantes siempre aman más y hacen más ruido.

Como las olas al romperse en septiembre.
Como se rompen los cuerpos tras sístole y diástole.
O como la razón rompe los sentidos.

"Ese rostro en tu cama, cariño, son el llanto, la madre, el hijo.

Y son tus ganas de volver."


Dijo ella la última vez que la quise conmigo.

martes, 25 de septiembre de 2018

[25,09]


Prometí no volver a escribirte hace 300 días, 3600 horas y 18000 minutos, siendo la suma del mínimo común múltiplo y el máximo común divisor de estas cifras el número de veces que he faltado a mi palabra.

O no.

Porque soy de letras.

Y por eso son ellas las que me restan y dividen cuando te dedico al menos tres términos del castellano.


Ya sean estos un "Hola, cómo estás" 
o un "Vuelve por favor", puesto que el orden de los factores no altera el producto de haberte perdido. 

De no tenerte y verte en el punto B de todos mis vectores. Aunque aún no haya aprendido a calcular tu magnitud.

En este tiempo, solo he sabido definirte en intervalos. Siendo los valores de los mismos las fechas que compartimos, representados de acuerdo al sistema [día,mes], como si eso fuera a darte un sentido más allá de mis ejes.

Como si el resultado de todo eso no fuera a dar negativo.

Qué pena no haberte estudiado.

Ni haberte querido con la exactitud de cualquier ciencia.

Qué pena haberte invocado con metáforas, símiles, anáforas y aliteraciones que jamás plantearon tus variables.

Que, al no poder resolverte, te escucharon y te volvieron un cuento.

Que creían en ti, como un niño cree en lo subjetivo.

O como te creía yo, cuando te escribía.

En un lugar muy muy lejano,
en un tiempo muy muy lejano.

Como lo son, por ejemplo, este texto y este día.

domingo, 13 de mayo de 2018

ἀν-ἀρχή

Te supe anarquista antes de tiempo.

Porque justo el día antes de conocerte yo estaba pensando en mis sistemas. En cómo me conforman, en sus orígenes y en lo que ellos habían hecho de mí. Llegué a ciertas conclusiones.

Para empezar, tengo muchos.
Obsoletos, erróneos y anquilosados. Que se han impuesto a mis libertades mientras gritaban a favor de las mismas. Que en ellos han quedado corruptos muchos de mis principios.

Que algo ha salido mal y debería admitirlo, porque las heridas de astilla en mis manos no son casualidad. Y el grito ahogado que traigo en el pecho pide ser canción protesta.

Por eso, cuando apareciste veinticuatro horas más tarde, yo te supe anarquista. Porque sonabas a un solo de guitarra. Al de Franz Ferdinand en Take Me Out la mayoría del tiempo. A veces, a la intro de Sweet Child O'Mine, por la sonrisa.

Desafiabas la apatía de la que yo me sabía dueña. Te quise cerca, como buena melómana.

Y como un ateo jamás podría nombrarte 'milagro', yo preferí llamarte 'revolución'.

Antes, incluso, de oír tus argumentos para poder rebatirlos todos. Para decirte que no se puede, que no se hace, que eso no es así. Y sacarte de quicio en tu propia ideología.

Como si no fuera a alistarme en cualquier guerrilla o hacerme cómplice de tu alzamiento.
Como si no fuera a seguirte a la Bastilla para reivindicar así la irreverencia.
Como si esas ganas tuyas de hacer de este mundo cualquier cosa menos esto que es ahora no me invitaran a quedarme.

Y a vernos arder.

Te supe anarquista porque me supe sistema.
Y yo buscaba empezar de nuevo.
Te supe camino porque me quise a tu lado, codo con codo y puño en mano.
Para registrar en mis libros tus victorias, porque de esas sí entiendo.

Aquí está la primera:

Hoy comienzo, hoy te escribo.

Y yo nunca le he escrito a alguien a quien no quiera.

domingo, 29 de abril de 2018

Por una canción de Jesús Garriga

He pensado muchas veces acerca del enamoramiento, el amor y el amor romántico. Creo que es un tema muy de millenials, en realidad. Parece que nuestra generación sea especialista en inteligencia emocional y en reescribir terminología.

Nos gustan las etiquetas y las definiciones. Supongo que será consecuencia directa del sistema en el que nos han forzado a crecer. De cualquier forma, se habla mucho en estos tiempos de cambiar la idea del amor que heredamos de nuestros padres. Yo he hablado de esos temas. He leído bastante también. No sé dónde, porque aquí la información viene de muchos canales y ninguna fuente. Pero he leído, he vivido y después de almacenar toda esa información, he creído saber.

Después de este proceso, he llegado a entender el amor como la capacidad de dejar ir. De anteponer la libertad del otro a la necesidad que uno tiene de la persona que quiere. Como si decir ‘adiós’ sin soltar una lágrima fuera el máximo sacrificio de la edad moderna.

No opino que esté mal.

Pero hace unos meses fui a una charla en mi universidad sobre nuevas generaciones. Sobre viajar o trabajar en nuestros tiempos. Porque ahora todo se hace de otra forma. Una forma que a lo mejor no entiendes del todo, pero como buen millenial deberías estar haciendo ya.

Aquel día éramos unas ochenta personas las que habíamos ido a oír esas historias, como si nosotros no tuviéramos ninguna que contar. Fingiendo ser hojas en blanco en busca de una idea para hacerla cobrar vida. Yo, al menos, fui a eso.

Más o menos a mitad del evento, se acabaron las intervenciones habladas y apareció una guitarra. Así que deduje que la siguiente historia tendría estribillo.

Él se llama Jesús Garriga. Al principio nos habló de todo esto de lo que yo ya he contado un poco. De la información, la velocidad y todo eso. De lo fácil que es comunicarse, también. Casi consiguió engañarme, pensé que me iba a seguir hablando del nuevo mundo que a las ochenta personas de esta sala nos ha tocado construir y comprender. En ese orden, además.

Pero Garriga no habló de eso.

-¿Cómo demuestras a alguien que lo quieres en una época en la que decir te quiero es tan sencillo? - dijo.

Y no había pasado un segundo desde su pregunta cuando escuché el barullo llenar la sala. Se creó un estruendo silencioso entre todas las historias que se nos estaban agolpando en el pecho a los asistentes. A mí sola se me ocurrieron varias, y me dolieron todas.

En realidad, me empezaron a doler desde el primer acorde.

Y en ese mismo momento recuperé la idea de la que les hablaba antes. Esa de que me creo que sé mucho, como todos los jóvenes. Porque hemos venido al mundo dando por sentado que todo lo que se ha hecho, se ha hecho mal y creemos que sólo nosotros podemos arreglarlo. Me vinieron a la cabeza conceptos como la inteligencia emocional, la autonomía, la resiliencia y todas las competencias que se nos exigen en cualquier entrevista y que por algún motivo he querido aplicar también a este campo.

Pensé en mis despedidas.

Entonces, Garriga se contestó a sí mismo.
Me contestó a mí, que no había preguntado nada.

-‘Quédate’. Le dices: ‘quédate’

Bueno.
Pues quizá debería haber preguntado antes.

Porque después de eso, él empezó a cantar sobre todo lo que no había dicho nunca. Se lo sabía sin conocerme de nada. Cantó sobre la necesidad de tener a alguien cuando ‘parezca que no hay luz’, como él mismo dice. Sobre el miedo, los reproches y los 'columpios con cadenas de papel'. Tengo muchos de los tres.

Sobre todas esas cosas que nos decimos que podemos hacer solos.

Y supongo que podemos. Pero yo nunca he superado nada sin echar la vista a un lado buscando una sonrisa que acompañe la mía. Y de eso no nos hablan.

Nadie nos enseña sobre la fragilidad. La propia y la ajena.

Sobre alguien que te espere al llegar a casa. 
Sobre alguien a quien esperar en cualquier parte.
Sobre una llamada para saber si estás bien.

Porque esté bien o no, no necesito la llamada. Pero si la llamada existe, la cosa cambia.

Así que la llamada importa, por lo tanto: lo admito.

Renuncio a mis competencias, mis valores y a mi condición de millenial. Porque, además, me acabo de dar cuenta de que todo suena muy a descripción de producto y que la palabrota inglesa con la que me han catalogado en realidad suena un poco a superhéroe de Marvel o a teletienda.

Admito mi humanidad.

Me admito.

Con todos los ‘quédate’ que no he dicho y se me revuelven por dentro desde esa canción.

                ‘Niña, quédate a vivir’ dice Garriga, para acabar.

Vivir.

Creo esa es la única palabra que tendría que haber leído sobre el amor.

lunes, 9 de abril de 2018

El aeropuerto

Voy por la autopista y a mi derecha se ve el aeropuerto.

Un avión acaba de despegar y durante unos minutos va paralelo a mi coche. Obviamente, está demasiado lejos, pero me gusta imaginar las caras de los pasajeros que, al mirar por la ventana, se encuentran con la mía. Como si ambos fuéramos camino a Las Palmas y yo les estuviera adelantando por el carril izquierdo.


No sé cuántos comienzos ni cuántos finales caben en un avión, pero ahora mismo tengo envidia de todos y cada uno de ellos. Hasta de los que duelen. Porque en mí caben cientos y ninguno me invita a quedarme. Todos quieren comprarse un billete a no se sabe dónde ni por qué. Pero el cuándo sí lo saben y es un 'ahora' bastante inmediato. Es casi un 'salta del coche aunque vayamos a noventa que quizá aún puedas agarrarte a un ala'.

Es decir, una americanada muy grande.

Me pregunto cuántas personas dentro de ese avión han dejado algo atrás así, saltando cuando no se debe hacia algo que no se conoce.

Y dicho así todo eso podría sonar muy romántico, pero a mí no me convence porque hay al menos tres faros en esta isla que siempre he querido ver. He visto otros muchos, pero a esos tres no he ido y sin haberme marchado ni haberlos visto ya sé que voy a echarlos de menos.

Eso es un problema.

Como lo son todos esos mensajes que he escrito pero nunca he llegado a mandar y tienen mucho que ver con los comienzos y los finales de los que hablo. No sólo me frenan la puerta, la lógica y el cinturón.

Es en este punto donde la americanada se convierte en un melodrama que pocos pagarían por ver.

Yo querría bajar mi ventanilla y gritarles a todas esas personas que ya se han ido si la huida es posible o si la maleta que más pesa es la que no se carga. A mí me gusta pensar que todo eso se congela al coger altura.

Que el mundo se para en el despegue.

Que todos los aviones llevan a un cuarto faro que te señala la salida de todos tus mensajes, y que allí no duelen la cuentas pendientes ni el equipaje que otro se llevó.

Ya son las siete de la tarde y el cielo se ha vuelto naranja.

No sé a qué hora llegará ese vuelo, ni la zona horaria en la que se encuentra su destino, pero me gusta pensar que aterrizará durante otro atardecer.

Yo llegaré mucho antes, pero la noche me habrá caído encima y habré olvidado comprar mi billete.


Otra vez.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Donde vivo

Donde vivo, en época de fiestas siempre cuelgan banderas de postes y farolas. Son banderas pequeñas atadas a una cuerda, que a su vez se ata en lo alto y va de un extremo a otro de la calle. Cuando acaban las fiestas, se recoge todo. Pero a veces la gente no desata las cuerdas sino que las corta, y el nudo se queda ahí como el pobre nudo amputado que es durante el tiempo que haga falta.

Tampoco es raro que la gente se olvide de recoger sus cosas. En realidad, allí arriba, los nudos no molestan, no lo han hecho en todos estos meses. Las fiestas en mi pueblo son en septiembre. Definitivamente, si siguen ahí a finales de febrero es porque nadie se ha quejado ni tampoco los han echado en falta.

Hoy esos nudos me han recordado a muchas caras.

Porque, no sé tú, pero por mi vida han pasado personas que son un poco como las fiestas de un pueblo. Que son como una calle abarrotada de amigos, familias y parejas; un parque lleno de niños gritando, llorando y riendo; una excusa para salir a ver qué pasa o una noche de fuegos artificiales. Hay personas que son fiesta. Desde que llegan hasta que se van.

Yo he tenido varias en mi vida, pero al final alguien recogió las banderitas, como pasa siempre. Las cortó de cuajo con las prisas. Seguramente fuera yo o alguien igual de desastre. Así que los nudos de aquellas relaciones quedaron prendidos de mis tobillos y muñecas. Tampoco molestan ni hacen falta en otra parte, así que los cargo y ya está. Porque ellos están y ya está.


Son un tanto inconcluyentes.
Invisibles e inestables.
Pero están.

Hoy iba paseando con mi perro cuando vi en una farola el nudo que lleva ahí unos seis meses para que yo lo vea y pueda acordarme de los míos propios, de mis personas-fiesta. Porque estoy segura de que estaba esperando a que pasara por allí con mis cascos y a que sonara una de Coldplay.

"And I will try to fix you"

Se me ocurre que quizá, en esa canción que tanto adoro, Chris Martin estuviera pensando en sus nudos y que él los entienda bastante mejor que yo. Que quizá deba hacerle caso y seguir las luces de vuelta a casa. Sentir el calor en los huesos.

Arreglarlos. O intentarlo.

Y hacer de septiembre un hogar.

viernes, 20 de octubre de 2017

La brújula

Una vez tuve una brújula que apenas aprendí a usar.

Le dio vida a mis mapas haciendo del globo un relato. Reinventó las coordenadas en su propia geografía y me explicó la astronomía de un deseo fugaz.

Con ella encontré la voz de mi canto en el paso de un baile que no conocía y a las ocho de la tarde, todos los días, apuntaba al horizonte en su quebranto de arrebol.

Pintó en la arena su himno y le hizo un dibujo abstracto. Me dio un norte con su ejemplo y un impulso del que me apropié: unas alas que construir y un prisma por el que ver.

Una vez tuve una brújula que me dio ganas de cre(c)er. Y en la risa que aún no conozco espero verla de nuevo, eterna e inmarcesible.

Como una flor de papel.

jueves, 2 de febrero de 2017

La abuela

El niño tenía unos ocho años cuando descubrió el reloj de la cocina de su abuela. Se pasaba allí los días de verano, y probablemente aquel reloj llevase en la cocina más años que él en el mundo, pero fue a esa edad cuando realmente le prestó atención. Era absolutamente hermoso. Las agujas se desplazaban lentamente sobre un fondo que había sido pintado con colores que juraría no haber visto jamás.
Predominaban en él el morado, el verde agua y el azul claro, que se entremezclaban con otros tantos colores de tal forma que resultaba difícil adivinar el principio de un trazo y de otro o delimitar el contorno de algún objeto. Sin embargo, el pequeño distinguió fácilmente una rosa rodeando el número dos. La belleza de aquella flor pintada era tan fascinante como lo era el resto del cuadro, y estuvo mirándola embobado varios minutos antes de darse cuenta de que cada número poseía un acompañante. Alrededor del número cuatro, un pájaro amarillo abría sus alas en un abrazo. Jamás había visto un pájaro parecido, ni siquiera en el parque o en el jardín, aunque de todas formas dudaba que pudiera existir una criatura como aquella. Sobre el número ocho parecía posarse una mariposa blanca y sus alas absorbían el morado, el verde, el azul, el amarillo, el rojo y todos los colores que se habían derramado sobre el reloj formando una fantástica iridiscencia.
La abuela del niño lo estuvo observando tanto tiempo como el pequeño permaneció absorto en el reloj, y en los ojos de ambos se percibía el mismo brillo. La señora, finalmente, interrumpió la ensoñación de su nieto.
-  ¿Te gusta el reloj de la abuela?
El niño sólo supo preguntarle de dónde había sacado aquel reloj mágico y dónde podía conseguir uno.
 -  No puedes conseguir uno igual, lo pinté yo, pero me alegra que reconozcas en él la magia. Los pinceles y colores que usé no son de este mundo, por eso el reloj posee ciertas cualidades fuera de lo común.
El pequeño enloqueció al escuchar las palabras, pero lo hizo sin pronunciarse para no interrumpir el relato de su abuela.
 - ¿Ves la rosa? ¿El pájaro? ¿La mariposa? Cuando la aguja mayor señala el número doce y la menor alcanza a una de las criaturas, estas cobran vida.
Tenía ocho años, pero no era tonto. En aquel mismo instante la aguja mayor señalaba las doce, la menor el ocho, y allí no había ninguna mariposa blanca que diese credibilidad alguna a la historia de su abuela.
 - No, cariño, no. Si aparecieran aquí no tendría gracia. Ellos nacen en alguna parte del mundo, lejos de aquí, pero siempre gracias a mi reloj mágico. Él da vida a todos los seres hermosos que puedas imaginar.
A partir de aquel día, cada hora resultaba apasionante para el pequeño. A menudo detenía sus juegos para correr a la cocina, y si coincidían las agujas en los lugares mágicos de pronto sentía ganas de festejar. Se imaginaba a la rosa naciendo del capullo, al pájaro del huevo en su nido, a la mariposa salir de la crisálida por vez primera. Era absolutamente fascinante y aunque a veces le resultaba difícil creer que todo fuera a causa del reloj, todas sus dudas se disipaban al contemplar sus colores imposibles.
La sensación de poseer un tesoro le duró meses. Cuando empezó el colegio, en septiembre, no paraba de pensar en su abuela, en su reloj y se preguntaba, al mirar los relojes comunes en las aulas, por qué no poseían todos ellos la misma magia. Si cada reloj fuese mágico y cada uno tuviera dibujado criaturas distintas el mundo sería mil veces mejor, o eso pensaba él. De seguro, sería mil veces más bonito.
El invierno pasó rápido y la primavera volvió a empezar como cada año. Sin embargo, esta primavera fue más fría. Una tarde lluviosa de mayo, el pequeño se dirigía a casa de su abuela, pero nadie sonreía. Al llegar a la puerta le advirtieron que ella no podría recibirle.
Le hablaron de estar en un sitio mejor, del paso de los años, le hablaron de que, aun así, ella siempre lo iba a cuidar. Esto último le pareció tan obvio que le costó trabajo asimilar por qué era necesario aclararlo. De todos modos, no quiso preguntar. No buscó a su abuela en la casa, porque si no había ido a recibirle era evidente que no estaba. Se sentó junto a los mayores y sólo volvió de entre sus pensamientos cuando escuchó el verbo “morir”, que le llamó la atención lo suficiente como para romper su silencio y por fin preguntar qué estaba pasando. Cuestionó el significado de ese verbo unas diez veces a diez adultos distintos, pero ninguno le dio una definición clara que pudiese comprender.
Hasta que finalmente, su padre le dijo...
 - Ya no existe, cariño. No vive. Al menos, no aquí.
Y esas dos últimas palabras sí tenían más sentido. Salió corriendo de la sala de estar dirección a la cocina. Lo hizo como si se le escaparan los segundos de las manos, y si hubiera tenido alas que extender habría despegado en su primer vuelo. Se plantó frente al reloj y una sonrisa enorme inundó su rostro, un brillo encendió sus ojos tal y como sucedió aquel día de verano en el que descubrió la gran maravilla.
La aguja grande en el doce, la pequeña en el número dos. En la rosa. Y aunque no supo dónde se encontraba exactamente, tuvo la certeza total de que su abuela no estaba en casa. Porque al fin y al cabo las casas son aburridas, las paredes, los muebles, todas esas cosas son aburridas.
Y pensó en lo mucho que hablan los adultos de morir y lo poco que entienden de la vida. Porque a las dos en punto su abuela acababa de florecer en alguna parte del globo y eso le hizo inmensamente feliz. Porque su abuela se merecía ser esa rosa.

“Él da vida a todos los seres hermosos que puedas imaginar”

E imaginó una rosa alada e iridiscente. Una que poseyera toda la magia del tiempo.

Su rosa.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Se

Hay ocasiones en las que creer en la existencia de algo lo hace real, ya sea en el plano físico o en el del pensamiento. Sin embargo, ignorar la existencia de algo, sea cual sea el plano en el que se encuentre, no implica hacerlo menos real.
Durante años había dicho no creer en fantasmas, a pesar de los gritos constantes que le mordían las orejas, a pesar de todas esas veces en las que se sintió poseída por un impulso que no era el suyo. Ahora se encontraba frente a todo en lo que no creía. Él la miraba atentamente mientras se reía, como siempre. No sabía cómo serían el resto de fantasmas, pero el suyo no hacía más que reír y gritar, señalarla con el dedo y reír.
Rompió el espejo aquella noche, la noche del primer encuentro, con toda la rabia que llegó a sus puños, y él aún se reía. Reía y la señalaba, reía más fuerte tras cada golpe. Cuando terminó, cientos de pedazos se reían de ella desde el suelo. Se los tragó, uno a uno, porque quizá dentro esa risa dejaría de doler. Dolería la garganta al tragar, al hablar, al callar y también el estómago al sentir, pero lo importante quizá no doliera.
Lo que ella no sabía era que no siempre ignorar la existencia de algo lo hace menos real, que aquellos cristales no dejarían de reír y bailar en sus tripas hasta convertirla en su propio reflejo.
Ella no lo sabía, pero ignorar(se) era la forma menos efectiva de matar(se).

viernes, 28 de octubre de 2016

A mi padre

  Cuando estaba en cuarto o tercero de la ESO, estábamos dando Historia de España cuando la profesora nos puso un vídeo con la canción de La Internacional. Ella se sorprendió al encontrarme cantando la letra en voz muy baja, pero no más de lo que me sorprendió a mí. Yo no lo sabía, pero mi padre me había estado cantando La Internacional para levantarme por las mañanas desde que era niña, se ponía frente a mi cama, alzaba los brazos y comenzaba: “En pie los hombres de la tierra…” Y yo sin saber que no sólo trataba de hacerme levantar de la cama, que trataba de despertarme la mente.
  Entre los recuerdos de mi infancia retumban otras tantas canciones; anacrónicamente, me sé de memoria letras de Silvio Rodríguez, de Víctor Jara,  de Quintín Cabrera; no recuerdo cuándo supe del Che Guevara como quien no recuerda la primera vez que vio a un tío, un primo, o cualquier otro familiar cercano; no recuerdo haber estudiado la ideología de izquierdas porque me crie con ella, la llevo en el código genético, soy hija de todas esas revoluciones que ahora puedo entender.
  No les extrañará, por lo tanto, si les digo que mi padre es un ser político. Siempre ha estado luchando, incesablemente, con la llama roja que le prendieron dentro todas esas personas que no pudieron luchar nada. Lo admiré sin comprender su lucha, luego la entendí y lo seguí admirando, así hasta la fecha. Pero dejé de creer en la política el día en que la política dejó de creer en mi padre.
  Vi al único hombre de este planeta en quien confío plenamente ser traicionado. Vi al único hombre de este planeta cuyas lecciones escucho ser ignorado. Vi al único hombre en este planeta que considero realmente honesto ser silenciado. Vi al hombre que me dio la vida dejándose la suya en sus ideales: vi al hombre de mi vida desvivirse solo. Y vi en mi padre a tantos hombres, a tantas mujeres que se desviven, a tantas voces llenas de rabia rogando a la fe que no los olvide, porque hay números que cuentan las bocas que rugen pero el vacío en las almas es incontable.
  Dejé de creer en la política pero nunca dejé de creer en mi padre. Por él pienso cantar siempre a Silvio, La Internacional, a Víctor, por él hablaré de igualdad, de derechos, por él en mi casa no cesarán los debates. Porque mi padre no pudo arreglar el país, ni el mundo, pero a veces una canción es todo lo que hace falta para hacerte creer: creer en la gente, en uno mismo, en la vida y en las ganas de vivir… y él canta muy bien.
  Un día me di cuenta de que mi padre, para despertarme, cantaba una canción que no conocía y que decía: “En pie los hombres de la tierra…”

  En pie. Pase lo pase, papá, siempre en pie.

viernes, 16 de septiembre de 2016

A veces...

 A veces las personas desprenden un brillo. Ocurre durante una pequeña fracción de segundo, toda la riqueza que poseen asoma a la superficie y desprenden una luz que aparece y desaparece en un parpadeo. Pasa lo mismo con algunas estrellas, las que llamamos fugaces. ¿Nunca te has preguntado por qué a ellas les pedimos deseos y no a las demás? Creo que en el fondo todos sabemos que es esa clase de brillo y no otro, el brillo efímero, el que posee verdadera magia.
 Pocas veces he visto el brillo del que te hablo en una persona, porque todos lo llevamos muy escondido, está aferrado a nuestra esencia. Pero sé que cuando lo ves, cuando estás en el lugar indicado, en el momento indicado y el brillo aparece frente a ti no se olvida. Y por muy poco que dure su presencia, antes de que se desvanezca sabrás que, después de eso, ya no quedan más deseos que pedir.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Trece

  Hace muchos años, nació un pueblo en la orilla del mar. Era un pequeño paraíso impregnado en salitre. Podría haber sido cantado por juglares en plena edad media, descrito por poetas del romanticismo, podría haber sido el paisaje de cualquier cuadro impresionista; sin embargo, este pueblito costero no tenía la condición imperecedera del arte.
  En la isla donde se encontraba este pueblo nunca hubo ningún río, el clima y la orografía no lo permitían. Los habitantes del lugar no concebían siquiera la idea de un río. Cuando el suelo se resquebrajó súbitamente, todos en el pueblo corrieron a sus casas, unos gritando, otros llorando, otros rezando plegarias. El pánico duró aproximadamente dos días, los mismos en los que la grieta formada en el suelo se agrandó y profundizó a un ritmo asombroso. Algunos dijeron que era posible ver el centro de la Tierra si te asomabas al  vacío que se había formado y agudizabas la vista. Sinceramente, no creo que nadie tuviese el valor de acercarse a desmentir ni confirmar esos rumores, pero eso decía la gente. Al tercer día, un nuevo temblor sacudió el pueblo, avisando de la proximidad de una nueva catástrofe, y un líquido espeso y negro empezó a fluir por la grieta. Nunca se supo de dónde provenía, pero de una forma u otra llegó hasta el pueblo, creando de esta forma un río con olor a muerte.
  Al principio, los lugareños consideraron los hechos un castigo divino. Algunos de ellos incluso huyeron del pueblo con la promesa de no volver, y fueron ellos los que propagaron la historia para hacerla llegar hasta nuestros días. Otros se encomendaron a Santos, Santas y Vírgenes, pero no llegaron más temblores después de que el río llegase a su caudal máximo. El negro fluía, muy lentamente debido a la densidad del líquido, y al cabo de unos días el río dejó de inspirar miedo y empezó a despertar curiosidad. Un mes después de su creación, ya había gente que se atrevía a acercarse a lavarse los pies y las manos. Pronto la gente lo tomó por inofensivo y aquellas ideas sobre castigos divinos quedaron obsoletas, los más jóvenes hicieron de él un objeto de diversión: saltaban, nadaban, reían... Algunos comenzaron a preferir el río a la playa, a pesar de lo pegajoso del líquido negro que a veces quedaba en la piel formando parches.
  El río pasó de ser odiado a ser amado, un amor con olor a muerte. Un día un niño quiso beber de él, y a este niño le siguieron otros más. El líquido se metió en sus organismos, impregnó sus labios, bocas, estómagos y almas. Los pequeños se quedaron allí, bebiendo como si llevasen días sedientos, bebiendo hasta llevar al límite sus cuerpos. Los padres, lejos de alarmarse, se unieron a ellos y su reacción fue la misma. Como una manada de lobos, primitivos, ansiosos, inhumanos, se arrodillaban a orillas del río negro dejándose poseer por él.
  De algún modo, la mar supo lo que estaba pasando y embraveció, las olas rompían contra el fuerte pidiendo ayuda, ella rugía con todas sus fuerzas suplicando un fin para esa barbarie. Los cuerpos de los lugareños fueron cayendo extasiados, uno a uno, al río. Nadie sabe dónde los arrastró la corriente, pero no fue al mar, porque ella seguía suplicando piedad de forma incansable.
  Aún cree estar a tiempo de salvarlos. Sigue luchando por ellos, gritando contra el fuerte que los ama, que vuelvan, que no caigan en las trampas de la muerte. Lo hace día tras día hasta que llega el mes de agosto, cuando se rinde a la razón y se marcha. Pero la mar es madre y siempre vuelve. Antes de que acabe el año ya está allí otra vez, entregándose a su causa perdida.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Ella

A ella se le daba bien nadar, porque sabía fluir. No sé si se trataba de una capacidad aprendida o si la poseía de nacimiento, pero su facilidad para fluir era innegable. Podía pasarse horas danzando en su elemento; se habría perdido en las aguas sin dudarlo un segundo si la biología no hubiera sido tan cruel al no darle branquias. Personalmente, creo que ella sabía algo del mar que los demás desconocemos. Su capacidad, como ya dije antes, no era tanto la de nadar sino la de fluir. Se dejaba llevar siempre por la corriente, el viento o la vida, nunca oponía resistencia y por eso pienso que sabía más que el resto. No temía al devenir, tenía plena confianza en el destino y se limitaba a bailar las horas, sin pensarlas, ni contarlas, ni entenderlas.
Ella siempre supo fluir.

sábado, 20 de agosto de 2016

El héroe blanco

  "No hay nada más hermoso que un lienzo en blanco. Ese lienzo puede ser cualquier cosa, alberga en él muchas vidas. No hay nada más hermoso que un lienzo en blanco; un libro en blanco; una pared blanca... son el origen de cualquier cosa."

  La semana pasada había sido su quinto cumpleaños, y el único regalo que su padre pudo darle fueron esas palabras. Era difícil comprenderlas, así que el pequeño había tenido que meditarlas durante días. En primer lugar, no recordaba haber visto nunca nada totalmente en blanco, no conocía la pureza del color del que su padre le hablaba. Todas las paredes con las que él se había topado estaban manchadas de polvo, huellas o sangre. Era difícil adivinar el color original de la paredes que había visto, era imposible imaginarlas en blanco. Tampoco tenía del todo claro qué era un lienzo, pero pudo adivinarlo gracias a otras tantas conversaciones que su padre había tenido con él y con otros hombres. Su padre había sido pintor, eso le había oído decir, usaba pintura y esa cosa llamada lienzo para crear paisajes. El pequeño pensó que había heredado eso de su padre: su conocimiento de los paisajes. En sus cinco años de vida había visto innumerables de ellos, todos muy parecidos, pero al fin y al cabo eran lugares diferentes. Pocas veces permanecían en un mismo paisaje más de unas semanas. Pronto tenían que huir y el pobre niño lloraba en cada partida por no saber pintar en esas cosas llamadas lienzos y, así, poder llevarse un pedazo de algo. Un algo triste, duro, un algo que daría lo que fuera por olvidar pero así al menos no tendría que pasar otra vez por esa sensación de vacío, de abandono... de no pertenecer a nada.
  Lo que no podía adivinar de ninguna forma era el significado de la palabra libro, y no conocerlo le perturbaba enormemente. Soñaba con objetos o situaciones que pudieran ser libros, sueños que se interrumpían siempre por un sonido ensordecedor que era capaz de helarle los huesos y prenderle el alma del temor más puro, de prenderle y dejarle el corazón tan desolado como todos los paisajes de sus memorias. De esta manera, acabó asociando la palabra libro al sonido que hacían las bombas al explotar y a todos los demás sonidos que le siguen: a los gritos, a las armas, a los cuerpos cayendo y a los llantos, aunque él ya no lloraba. Entonces comprendió lo que su padre quería decir con que un libro en blanco era hermoso: se refería a todos esos sonidos vacíos de terror, se refería al silencio.
  En ese momento, se imaginó todas las paredes que había visto en su vida vacías de huellas y escombros, los rostros que le rodeaban vacíos de miedo, los paisajes que le formaban vacíos de dolor, su vida vacía de violencia. Se imaginó de nuevo con su padre y, por primera vez, vio solo a un niño y a su padre de pie frente a un fondo blanco. Ahora, una semana después de su cumpleaños, el niño entendió que había recibido el mejor regalo del mundo: la posibilidad de borrar todo lo que no le dejase dormir por las noches, lo que no le dejase respirar por el día, lo que le hacía temblar a todas horas. Más que cualquier juguete había recibido un súper poder.
  Él no lo sabía a ciencia cierta, pero supuso que una persona de grandes capacidades necesitaba un nombre. Sin embargo, no pudo decidirse, ya que poseía muchos; algunos lo conocían como Aylan; otros como Omran; otros lo conocían como una cifra; o directamente, como un cadáver en Siria, el Líbano, Jordania, Iraq, Turquía o Egipto. Eran demasiadas ideas de sí mismo, así que volvió a la frase de su padre y se nombró  "el héroe blanco" sin saber que este supuesto héroe ya existía y hacía tiempo que lo estaban esperando.

martes, 7 de junio de 2016

Del valor de una palabra.

Durante toda mi vida he tenido un miedo incomprensible a olvidar. Nunca  he tenido problemas de memoria, de hecho diría que poseo una buena capacidad para recordar hechos, fechas e imágenes. Desde que tengo conciencia recolecto objetos en cajas, objetos que pertenecieron a un escenario, un escenario que acogió alguna de mis mejores vivencias. Sin embargo, soy incapaz de recordar palabras.
Sé que me han dicho "te quiero", "te odio", "hola", "adiós" y otras diez mil palabras importantes más pero no soy capaz de recordar ni una sola de ellas teñidas de una voz que no sea la mía. He dicho muchas palabras y esas me resultan más fáciles de recordar porque fueron articuladas con el alma, pero no hay palabras ajenas a mí que sea capaz de retener.
Entre los cien mil objetos de mis cajas no hay una sola sílaba pronunciada, ni un acento, ni un punto ni una coma. No he podido componer la sintaxis de mi vida en ninguna de esas cajas y hoy me he despertado como quien se despierta de un sueño confuso, con muchos perdones agolpados en el pecho, con muchas palabras dolorosas y otras muchas más llenas de ternura y del amor más puro. Las tengo aquí, muy dentro, y no he podido darles dueño ni encontrarles una voz.
Y ahora, ¿de qué me sirve tanta palabra huérfana?